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martes, octubre 13, 2026
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Una decisión, una tragedia: ¿Cuántas vidas más se necesitan para entender que manejar ebrio no es un error?

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Cada día, en Chile, personas inocentes pierden la vida por decisiones irresponsables al volante. Franco Rodríguez, chef, hermano e hijo, es una de esas víctimas. Su historia duele, interpela y exige un cambio urgente en nuestra conciencia vial.

Franco Rodríguez tenía 42 años, una vida llena de proyectos, una familia unida y una vocación, cocinar. Era chef y soñaba con abrir su propio restaurante. El 20 de enero de 2024, un conductor en estado de ebriedad cambió ese futuro para siempre. Lo mató en la Ruta L-215, entre Putagán y Yerbas Buenas.

Detrás de los datos fríos de la Comisión Nacional de Seguridad de Tránsito (CONASET) -más de 70.000 muertes anuales vinculadas a hechos viales en Chile- hay rostros, historias y familias. Franco no es un número más. Es el reflejo de cómo un acto irresponsable puede truncar una vida y destrozar muchas otras.

“Hablar de mi hermano es hablar de una persona única. Era trabajador, soñador, protector. Quería formar una familia. Lo extrañamos todos los días”, dice Isabel Ibáñez Rodríguez, su hermana.

Desde aquel día, todos los 20 de cada mes es un duelo renovado para su madre, su hermana, su sobrina, primos y tíos. La pérdida no tiene fecha de caducidad. Lo recuerdan con lágrimas, con fotos, con silencio. En su ausencia, dejaron de ser la misma familia.

Cuando conducir ebrio no es un accidente, sino una decisión

Lo más grave es que tragedias como esta son evitables. Conducir bajo los efectos del alcohol no es un error fortuito, es una decisión consciente que pone en riesgo vidas. Una elección que no solo mata, sino que deja cicatrices profundas en quienes sobreviven.

“El responsable iba acompañado de su padre, ambos en estado de ebriedad. Decidieron adelantar donde no correspondía. Mi hermano murió en el acto”, relata Isabel con crudeza.

Ninguna ley puede reparar el vacío que deja una pérdida así. Pero la justicia debería al menos sostener a quienes quedan. Sin embargo, en muchos casos, eso tampoco ocurre.

Un sistema judicial que duele más de lo que repara

“Cada vez que vamos al Tribunal, revivimos el dolor. No hemos escuchado ni una disculpa. Nadie del entorno del causante se ha acercado. Llegan riéndose. No se entiende”, denuncia Isabel.

Este tipo de casos deja al descubierto otro problema, el desgaste emocional y la revictimización en cada audiencia judicial. Muchas familias terminan enfrentando, además del duelo, la lentitud y frialdad de un sistema que parece no dimensionar el sufrimiento que hay detrás de cada carpeta.

“Hay que levantar una alerta. Muchas veces no encontramos justicia en Linares y debemos recurrir a Talca. No puede ser así”, afirma Isabel.

Un llamado a detenernos – literal y simbólicamente

Conducir es un acto de responsabilidad. Y es momento de dejar de normalizar conductas que matan. También es hora de cuestionar los entornos que callan, que justifican, que no reprenden. Porque muchas veces, la tragedia no solo la causa quien maneja, sino también quien lo permite.

La reflexión: ¿Cuánto dolor más es necesario para cambiar?

Franco ya no está. Su historia terminó donde no debía. Pero su recuerdo puede convertirse en una señal de alerta para otros. Para quienes aún creen que “no pasa nada”, para los que eligen mirar hacia otro lado cuando alguien bebe y luego toma el volante.

El duelo de su familia no se apaga con el tiempo. Pero su testimonio puede encender algo en nosotros, conciencia. Porque detrás de cada cruz en la carretera, hay una historia que se podría haber evitado.

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