En medio del silencio de los cerros del Cajón de Pejerrey, vive don Benjamín Hidalgo, un hombre de 61 años que ha pasado toda su vida en el campo, junto a su esposa, dedicado a un oficio que hoy sobrevive apenas como un eco del pasado, el de carbonero.
“Yo me crié en esto”, cuenta con una sonrisa cansada. “Tenía como 15 años cuando empecé, y antes que yo, mi papá, mis abuelos y mis tíos también trabajaban en el carbón”. Su historia se confunde con la del propio valle, donde durante generaciones familias enteras vivieron del fuego y la leña.
El arte del carbón
El trabajo comienza en el verano, cuando se corta la leña que más tarde alimentará los hornos. Benjamín construye los suyos con sus propias manos, prepara el terreno, levanta la estructura y la cubre con barro hasta dejarla lista para la quema.
“Después hay que estar encima, todos los días, una semana o más, hasta que el barro apriete bien”, explica. “Cuando ya está firme, se prende y el horno hace su magia. Lo que queda es puro carbón”, manifiesta.
Ese carbón es su sustento. Con lo que gana, mantiene la casa, los animales y los bueyes que todavía lo acompañan en las faenas del campo.
Un oficio que se apaga
Pero los tiempos han cambiado. Hoy, el carbón se vende poco. “Antes bajábamos hasta 30 carretas en un día a Linares y se vendían todas. Ahora ya no. La gente usa cosas eléctricas, y el carbón quedó más pa’l asado nomás”, lamenta.
La sequía también ha puesto límites. Por el riesgo de incendios, ya casi no se puede quemar leña durante el verano. “Ahora es la última hornada que hago, porque con este calor cualquier chispa prende el cerro”.
Tradición en peligro
En el sector todavía quedan algunos que hacen carbón, pero son pocos. Las maderas son escasas y las normas de conservación más estrictas.
“Antes uno cortaba un árbol y no pasaba nada. Ahora hay que pedir permiso, y Conaf te dice qué se puede cortar”.
Don Benjamín lo entiende. Sabe que los tiempos son otros. Pero mientras le queden fuerzas, seguirá encendiendo el horno, aunque sea una vez más.
“Esto es lo que sé hacer -dice mirando el monte-. Con esto nos hemos criado todos. Y aunque ya no se gane mucho, el carbón todavía da calor… aunque sea de puro recuerdo”, concluye mirando al horizonte con su cara cubierta de la tinta del carbón.
Entre la tradición y la sequía, don Benjamín Hidalgo mantiene viva una costumbre centenaria en el Cajón de Pejerrey.


