La programación cultural define qué historias circulan, qué temas conversamos y cómo nos miramos como comunidad.
Felipe Saldaño Valladares
Psicólogo y gestor cultural. Ex encargado de proyectos culturales de la Ilustre Municipalidad de Linares.
En Linares solemos hablar del teatro municipal como si fuera solo un lugar donde “pasan cosas”; un panorama, una película en vacaciones de invierno, una salida de jueves o viernes en la noche. Pero hay una idea que conviene poner sobre la mesa sin rodeos; no hay inocencia en la programación. Programar -en teatro, cine o cualquier espacio cultural- es tomar decisiones que ordenan la vida pública. Es elegir qué historias entran al escenario (y cuáles quedan afuera), qué temas se vuelven conversación común y qué memorias se empujan al borde. La “neutralidad”, en este campo, suele ser más bien un disfraz cómodo.
Dicho de otro modo; una cartelera también educa. Nos enseña, sin decirlo, qué consideramos relevante como ciudad.
Por eso importa -y mucho- cuando un teatro municipal apuesta por estrenos regionales y obras que hablan de las cosas importantes de la vida. Ese gesto, que a veces parece pequeño, es una política cultural concreta: afirmar que el público merece algo más que entretención fácil; que la programación de verano puede tener ambición y contenido; que la cultura no existe solo para “pasar el rato”. Ojalá estas decisiones no sean una golondrina, una excepción que ocurre una vez y se pierde en la memoria. Ojalá se conviertan en continuidad, en estilo, en sello.
Lo digo desde un lugar específico. Hoy escribo desde afuera de la municipalidad y del propio teatro; lo hago como espectador, vecino y público. Y quizás por eso se vuelve más evidente lo valioso que es que el Teatro Municipal de Linares sostenga decisiones como esta sin pedir disculpas por programar “teatro serio” ni rebajar el estándar, como si pensar y emocionarse fueran un lujo para pocos.
Porque hay algo que no siempre se dice, pero se siente: en toda experiencia cultural hay un pacto tácito entre creadores y públicos. No es un contrato firmado; es un acuerdo silencioso. El público entrega tiempo, atención y disposición emocional -y a veces también dinero, traslados, incomodidades- y a cambio espera algo más que desconexión. Espera sentido. Espera una forma de verdad. Incluso cuando se ríe, incluso cuando se distrae, hay una expectativa profunda de no ser subestimado, de no ser tratado con condescendencia.
En ese pacto, el público también cumple se sienta, escucha, se deja afectar. Y cuando una obra es genuina, la ciudad lo nota y responde.
El jueves 29 se presentó La soledad y el caminante, obra de José Antonio Fuentes, y la sensación fue justamente esa; un montaje que cumple su parte del pacto ofreciendo algo honesto y situado. Una obra anclada en nuestro territorio, que trabaja -sin caricatura- con la memoria, el olvido y los efectos del “progreso” en comunidades rurales. No usa lo local como adorno; lo habita. Y desde ahí construye un relato que, por amplios momentos, funciona como espejo; permite al espectador mirarse a sí mismo, sus creencias y memorias.
La dramaturgia sostiene más de cincuenta minutos casi sin baches, y el drama respira cada tanto con un humor muy nuestro, de doble sentido. Humor como humanidad, como respiración, como gesto de confianza hacia el público.
En escena, Héctor Fuentes Berríos y Constanza Pérez Donoso sostienen el montaje con oficio y escucha, y reciben el aplauso ante una audiencia contenida, visiblemente emocionada.
Acompaño un dato que vale mirar con calma, porque derriba un prejuicio instalado; la asistencia. La función contó con una presencia importante de vecinas y vecinos, que desarma esa idea de que el teatro serio y regional “no convoca”. Convoca cuando se programa con sentido de continuidad; convoca cuando se comunica bien; convoca cuando se respeta al público como capaz de emocionarse, pensar y reír con una obra exigente, sin depender de figuras televisivas.
En una ciudad como la nuestra, esto no es un detalle. Es una discusión cultural de fondo. Porque programar obras así no solo “trae un panorama”; abre un espacio de comunidad, de conversación intergeneracional, de memoria compartida. Es, en el sentido más simple, un acto de ciudadanía.
Por eso insisto en lo esencial: la continuidad. Que esto no dependa de una excepción o de una coyuntura. Que sea línea, que sea hábito, que sea política cultural.
Programar teatro regional es cuidar el derecho a la cultura, sí. Pero también es cuidar algo más íntimo: el derecho a mirarnos sin vergüenza. Que se repita.


