Hoy, cuando la ultraderecha ha llegado a la presidencia y la derecha radical marca el tono del debate público, Chile enfrenta una disyuntiva profunda. No se trata solo de quién gobierna, sino de qué tipo de país se propone construir. Mientras desde la derecha extrema se ofrece orden sin justicia, autoridad sin derechos y miedo como herramienta política, desde los territorios comienza a emerger otra respuesta: una izquierda que vuelve a hacer sentido cuando se ancla en la realidad de las personas y no en consignas vacías. Columna de Andrés Martinoli, comunicador.
La elección de Beatriz Sánchez en el Maule ocurre precisamente en este contexto. No como una excepción aislada ni como una victoria total, sino como una señal política relevante. Ganó con un relato de izquierda, sin complejos ni disfraces, hablando de temas que durante años quedaron fuera de la conversación pública: la concentración del poder, los salarios bajos, la violencia intrafamiliar, la desigualdad territorial que se vive lejos de los centros de decisión. Y lo hizo llegando a sectores que el progresismo había abandonado, dejando un vacío que hoy explica, en parte, el avance de la derecha radical.
Haciendo campaña en el Maule, una cosa quedó clara: gran parte de ese 58% que votó por José Antonio Kast no es derecha extrema ideológica ni enemiga de los avances sociales. Son hombres y mujeres trabajadores, de zonas rurales muchas veces postergadas, que creen en los derechos sociales, en el esfuerzo colectivo y en una vida más justa para sus familias. Si votaron así, no fue por odio ni por querer retroceder, sino porque la política no llegó, no escuchó y no estuvo presente cuando más se necesitaba.
Esa distancia no es una condena, es una lección. Y también una hoja de ruta. Porque la derecha radical avanza cuando la política se vuelve lejana, cuando deja de hablar de salarios, de agua, de trabajo digno, de seguridad entendida como bienestar y no solo como castigo. Frente a eso, lo ocurrido en el Maule demuestra que existe otra forma de hacer política: volver al territorio, hablar con respeto, construir confianza y demostrar —con hechos— que nadie sobra.
La campaña de Beatriz Sánchez fue, en muchos sentidos, épica. En apenas tres meses logró instalarse como una alternativa real en una región compleja, diversa y marcada por años de postergación. No llegó con recetas importadas desde Santiago ni con discursos diseñados para redes sociales. Llegó a escuchar. Y escuchar, en el Chile de hoy, es un gesto profundamente político.
Lo que viene ahora es clave: su rol articulador. Articular a los sectores sociales y políticos que por años se han sentido sin voz en el Maule. Vecinas y vecinos que han luchado por el agua durante décadas. Trabajadoras y trabajadores del sector agrícola, fundamentales para la cadena productiva regional, pero que siguen recibiendo sueldos bajos y condiciones precarias. Comunas completas que se sienten olvidadas por no estar cerca del eje central. Dirigentes sociales que tocaron puertas y nadie los escuchó.
En ese camino, Beatriz Sánchez hizo algo poco habitual: no fue solo para la foto. Se quedó hasta tarde en reuniones, escuchó, anotó y volvió. Incluso después de ser electa, regresó para continuar el diálogo. En muchos lugares se repetía la misma frase: “vienen a pedir el voto y no vienen nunca más”. Esta vez fue distinto. Y aunque eso no alcanzó para revertir completamente el resultado presidencial en la región, sí permitió algo igual de importante: volver a abrir una conversación política donde solo había distancia.
Porque es necesario decirlo con honestidad: en el Maule también ganó José Antonio Kast. Y eso habla de una región atravesada por miedos, cansancio y abandono. Lo ocurrido con Beatriz Sánchez no es una respuesta cerrada ni una solución mágica. Es, más bien, una señal modesta pero poderosa: que existe un camino distinto al repliegue, al grito y a la caricatura del otro.
En tiempos donde la derecha extrema propone respuestas simples a problemas complejos, la experiencia del Maule muestra que otra forma de hacer política es posible, aunque sea más lenta y exigente. Una política que vuelve al territorio, que escucha sin prometerlo todo, que reconoce errores y que entiende que reconstruir confianzas no es tarea de una campaña, sino de una presencia sostenida en el tiempo.
No es una victoria total.
Es un aprendizaje.
Y hoy, aprender puede ser el primer paso.


