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Más allá de la tecnocracia: la docencia no se traduce, se respeta

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Por Luis Osvaldo Igor Antías
Historiador y magíster en Educación

El reciente episodio protagonizado por la ministra de Ciencia abre una discusión que trasciende un error de vocabulario o un tropiezo comunicacional. En el centro del debate está la forma en que se comprende -y valora- el trabajo docente frente al avance tecnológico.

Intentar equiparar la labor de un profesor con perfiles corporativos del mundo tecnológico, como la gestión de clientes o las ventas de software, evidencia una profunda ceguera histórica y social sobre el significado de la escuela.

Desde las ciencias sociales sabemos que enseñar nunca ha sido un mero intercambio de servicios ni un conjunto de habilidades transferibles al mejor postor.

La educación es, en su esencia más pura, un acto ético y profundamente humano. Reducir la pedagogía a métricas empresariales ignora que en el aula no se forman clientes para la industria del software, sino ciudadanos capaces de pensar, sentir y construir comunidad.

La historia nos enseña que las transformaciones tecnológicas siempre han tensionado el trabajo humano. Sin embargo, el deber del Estado jamás puede ser sugerir la retirada o la reconversión del profesorado hacia el mercado corporativo.

La llegada de la inteligencia artificial no debe entenderse como una amenaza que obliga al docente a migrar para sobrevivir, sino como una oportunidad histórica para dignificar y fortalecer su labor.

El verdadero progreso no consiste en adaptar la escuela a la lógica del mercado, sino en poner la tecnología al servicio del aula.

Proteger la docencia es resguardar la memoria, la cultura y el futuro de nuestra sociedad.

Como bien advertía el pedagogo Paulo Freire: «La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo».

Es en ese encuentro transformador donde la pedagogía sostiene su verdadera e insustituible dignidad.

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