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martes, agosto 25, 2026
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No es lo mismo opinar que argumentar: El verdadero reto de la educación

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Columna de Opinión por el Dr. Jaime Fauré: Vivimos en una época donde opinar es fácil y gratuito. Basta con deslizar el dedo, dejar un comentario o grabar un video. Pero esa facilidad puede confundirnos: no todo lo que se dice con seguridad está bien pensado. Y no toda opinión merece el mismo peso en una conversación pública.

Para decidir bien, hay que pensar bien. Y pensar bien no se trata de tener más ideas, sino de sostenerlas con razones. Esa es la diferencia entre opinar y argumentar, la opinión es el punto de llegada, el argumento es el camino.

Un argumento no se construye solo con convicción, sino con datos, premisas claras y lógica. También con apertura a la crítica. Un buen argumento reconoce sus límites. Eso no lo hace débil; lo hace honesto. Y ese estándar, lejos de ser exclusivo de la academia, debería enseñarse desde los primeros años de escuela.

Cambiar el foco en la enseñanza -de “¿qué opinas?” a “¿por qué lo crees?”- transforma el aula. Aparecen preguntas más profundas. Mejora la calidad del diálogo. La evaluación deja de premiar la cantidad o la coincidencia con el profesor y comienza a valorar la solidez del razonamiento.

¿Un ejemplo concreto? Basta con ver cómo circulan frases como “esto va a destruir el país porque todos lo saben”. Antes de responder, se puede enseñar a mapear el argumento, ¿cuál es la afirmación?, ¿qué evidencia la respalda?, ¿qué mecanismos se proponen?, ¿qué se omite?. El objetivo no es dar con la respuesta “correcta”, sino ejercitar una mirada más crítica y rigurosa.

Esto no requiere más presupuesto ni más tecnología. Requiere un cambio de hábito. Enseñar a verificar fuentes, usar rúbricas claras, practicar debates, escribir con base en evidencias. Y, sobre todo, trabajar con los errores. Porque el pensamiento argumentativo también se entrena equivocándose y corrigiendo.

En un mundo donde un influencer puede decir que un estudio “demuestra” algo milagroso, sin que nadie pregunte por el grupo de control o el tamaño de la muestra, necesitamos formar ciudadanos que no se dejen llevar solo por el carisma. La confianza se construye con argumentos visibles, no con seguidores o diplomas.

Al enseñar a argumentar, no solo desarrollamos habilidades cognitivas. Formamos criterio. Y ese criterio es la base de una ciudadanía democrática. Pedir razones desinfla los eslóganes vacíos y abre espacio al disenso respetuoso. No buscamos unanimidad, buscamos desacuerdos bien pensados.

Este enfoque también cultiva algo más profundo, una ética del diálogo. Humildad para revisar nuestras ideas. Valentía para cambiar de opinión. Respeto para escuchar sin atacar. Si esto se aprende en el aula, la sociedad gana.

La pregunta final es incómoda pero necesaria, ¿estamos, como adultos, dispuestos a practicar lo que predicamos?.

Columna de Opinión por el Dr. Jaime Fauré, Carrera de Psicopedagogía de la Universidad Andrés Bello, Chile

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