La violencia escolar sigue en aumento y la respuesta del Estado parece ir siempre por el mismo camino; más control y más castigo. Detectores de metales, revisión de mochilas y endurecimiento de sanciones se instalan como la solución rápida frente a un problema complejo. Sin embargo, la evidencia muestra que ese enfoque es insuficiente y, en algunos casos, contraproducente. Por Salvador Concha, abogado
En contraste, desde Ñuble surge una experiencia que invita a replantear el diagnóstico. La Escuela Villa Jesús de Coelemu, bajo el liderazgo de Jonathan Hernández Palma, desarrolló Convive+ IA, un sistema de inteligencia artificial que permite anticipar conflictos escolares antes de que estallen. El resultado es concreto; menos violencia grave y una comunidad educativa más contenida. Aquí no hay castigo anticipado, sino prevención temprana y participación estudiantil.
Este enfoque choca con la línea impulsada por el gobierno del José Antonio Kast, que ha optado por reforzar medidas punitivas en los establecimientos educacionales. Como advirtió el académico José Joaquín Brunner, estas políticas confunden “el desorden visible con el vacío invisible que lo origina”: la pérdida de autoridad pedagógica, el abandono emocional y la fragilidad del vínculo escuela-familia.
La experiencia internacional va en la misma dirección. Países como Finlandia, con programas preventivos como KiVa, han logrado reducir drásticamente el acoso escolar sin convertir las escuelas en espacios de vigilancia permanente. El denominador común es claro: bienestar, prevención y corresponsabilidad.
La violencia escolar es un síntoma, no la enfermedad. Persistir solo en el castigo es tratar de apagar un incendio sin mirar el origen del fuego. Chile ya tiene ejemplos que funcionan. La pregunta no es si existen alternativas, sino si hay voluntad política para adoptarlas.
De esta forma propongo tres líneas de acción concretas:
A.- Escalar el modelo predictivo de IA: Que el Ministerio de Educación, en colaboración con los SLEP, desarrolle una plataforma nacional de alerta temprana que permita a todas las escuelas públicas anticipar conflictos, tal como lo ha hecho la Escuela Villa Jesús de Coelemu.
B.- Invertir en salud mental escolar: Siguiendo el ejemplo nórdico, es urgente garantizar la presencia de psicólogos y trabajadores sociales en todas las escuelas públicas, especialmente en aquellas con altos índices de vulnerabilidad. La salud mental no puede seguir siendo un lujo.
C.- Fortalecer el vínculo familia-escuela: Las políticas deben abordar el problema de fondo: el desapego y la soledad que viven muchos niños. Programas de apoyo a la parentalidad, escuelas para padres y madres, y tiempos de convivencia familiar deben ser parte de una estrategia integral.
Porque una escuela no es una cárcel: es el lugar donde se construye futuro.
Salvador Concha, abogado


