Por Gonzalo Rovira S.
Por razones de trabajo, he tenido la oportunidad de conocer la propuesta del gobierno de reducir los impuestos a las empresas. En el mundo de la educación, estos anuncios se observan con cautela. La pregunta surge de inmediato: ¿de dónde saldrán los recursos para financiar esta rebaja?.
Por razones de vida, converso con frecuencia con mis vecinos de la ribera del río Ancoa. Sus relatos no aparecen en informes técnicos, pero describen con claridad la realidad que enfrentan. Muchos han debido renunciar a sus planes de siembra para la próxima temporada. Otros han postergado inversiones destinadas a mejorar su calidad de vida y la de sus familias.
Lo ganado con esfuerzo en las cosechas de arándanos, morones y frambuesas se les escapa entre los dedos. Los precios de los alimentos se han disparado. La cuenta de la luz, la locomoción, la leña, los fertilizantes y los combustibles necesarios para el trabajo agrícola y el transporte suben sin freno. Nada alcanza.
Todo indica que será uno de los inviernos más duros en mucho tiempo.
El alza de los combustibles no es un fenómeno aislado. Se explica, en parte, porque el gobierno optó por destinar recursos a su plan de reducción de impuestos a los sectores de mayores ingresos, en desmedro de ayudas que antes permitían a trabajadores y trabajadoras sostener una mejor calidad de vida para sus hijos.
Es cierto que el contexto internacional es complejo. Ha habido guerras y pueden venir más. Pero las decisiones internas también importan. Las cosas pudieron hacerse de otra manera, priorizando a quienes viven de su trabajo y sostienen al país día a día.
Se avecina un invierno difícil. Y, como tantas veces, será la solidaridad la que permita resistir. Mis vecinos lo saben bien. No se equivocan. Tendremos que apoyarnos entre todos para salir adelante.
Ahí estaremos, como siempre, juntos en el territorio, enfrentando las dificultades con trabajo y comunidad, aun cuando desde el poder se sigan tomando decisiones que parecen olvidar el costo real de la vida cotidiana.
Por Gonzalo Rovira S. Profesor de filosofía


